martes, 16 de marzo de 2010

Noches de campo


Tengo grabadas algunas noches de campo, de ese antiguo campo de mi niñez, solitario y profundo; las noches solían ser acompañadas de un plácido sueño dejado por un día lleno de actividades, como tardes de recolección de pencas en cerros cercanos o extracción del delicado chagual, atardeceres con fogatas de bostas para espantar zancudos, también había mañanas de obligados aseos, tan profundos como el animo de alguna tía, recompensados por una magnifica tarde de baño en el tranque cercano o en algún pozón de una acequia cristalina.
En general las noches eran perfectas, salvo si a mitad de ella surgía la urgencia de ir al baño, el que estaba bastante retirado de la casa; en ese tipo de necesidades rara vez existía en el ánimo de alguna tía demasiado joven acompañarme en el menester, no quedaba otra que cumplir sola la travesía de llegar a "las casitas".
Yo tenía la idea que la luz de las ampolletas solo alumbraban una pequeña parte y convertían las enormes dimensiones del potrero en una boca de lobo amenazante, así que solía emprender mi marcha a oscuras; la primera impresión era lanzarse sobre dos campos magnéticos vivos, uno era el cielo tupido de estrellas como en constante movimiento donde la oscuridad de la noche lo dejaba la bóveda celeste tan cerca del suelo, que si se caminaba en linea recta se podía ascender a lo más alto del cielo estrellado... pero lo más difícil de este encuentro con el cosmos, era lo que surgía de la superficie viva de la tierra, una capa bullante de zumbidos que se manifestaban como dueños de la oscuridad y formaban una bruma eléctrica que era necesario traspasar si querías cruzarla; sus habitantes habituales era una infinidad de grillos y bichitos, zancudos, mosquitos y otros a los cuales la noche les pertenecía; después estaban las criaturas mayores. El primer tramo del trayecto era bajo un parrón no muy alto y que en verano ocupaban las gallinas para dormir y ante la presencia de extraños ellas iniciaban una tenue y avicola conversación que ponía los pelos de punta. También estaban los perros que de día eran amables y cariñosos pero la noche los ponía huraños y desconfiados, así que en mi incursión al baño normalmente arrastraba algunos trozos de pan con mantequilla que dejaba en paz a perros propios y ajenos.
El regreso a la casa era el mejor momento, el ojo se había hecho noche y ya se era parte de ella y del lenguaje eléctrico y misterioso de las sombras. Al llegar a la cama las sabanas y el cuerpo se habían enfriado y un pequeño tiritón acompaña los primeros minutos ya a resguardo en mi pallasa de sábanas crudas.

6 comentarios:

Den-Sahr dijo...

Nada como aquelllos recuerdos de campo, llenos de alegrías, sacrificios, colores y ricos aromas...

Es un beneficio para aquellos que los tenemos, y la idea es jamás olvidarlos, y disfrutar además de cuidar la esencia del campo como lo más puro de la tierra..

La viajera mas lenta. Madrid Paper Art dijo...

Ay los miedos que se pasan cuando se es niño! el pellizco que se pone en el estómago y la alegría que da cuando te encuentras a salvo de nuevo.

Antonia, he vuelto a sentir con tu escrito esa misma sensación, deliciosa y poéticamente descrito.

Es una delicia visitarte.

Muchos besos

antonia obiol y corcoll dijo...

Eduardo, eres afortunado de poder disfrutar el entorno en que vives... desde este reducto santiagino vivimos soñando con dejar estas calles y perder nuestra vista en otro paisaje...

Saludos cariñosos

antonia obiol y corcoll dijo...

Gracias Tati por mirar asi lo que escribo... he estado observando tus trabajos y me gustan mucho, el equilibrio, la armonía y la profundidad que logras en ellos me dejan gratamenten impresionada...
Y gracias por extender tu lento vuelo por estas tierras...

Un gran beso

Silvio dijo...

Antonia.
Sospecho, por el relato, que has espiado, por alguna mirilla de una estrella, mis periodicas visitas a la casa de campo de mi abuela, en aquellos dorados finales de los sesenta o principios de los rojos setenta.

Te envío un gran beso emocionado por los recuerdos que llegaron con la candencia de lo que queremos ver como algo hermoso.

antonia obiol y corcoll dijo...

Queridisimo Tano, me alegra enormemente compartir impresiones similares de un mundo que ya es distinto, tanto en nosotros como en este tiempo... aunque podria reconocer una noche como aquellas en el fondo de algunas pupilas de almas que como yo se pararon a oir a ver y a sentir...